05 diciembre 2005

Constitución española y bañadores

El puente de la constitución es una fuente inagotable de ironias.
La primera es que no conozco un solo caso de funcionario o ciudadano catalán, vasco o gallego que renuncie a su dia de fiesta (por aquello de la objeción de conciencia). Por un día de fiesta están dispuestos a olvidarse de sus reclamaciones territoriales.
Por otro lado la casualidad ha querido que me encuentre en un hotel de playa, regido por una cadena catalana, y en el que hay mezcolanza de españoles, alemanes y varias nacionalidades exoticas.
En la piscina, las familias hemos democratizado nuestro vestuario, limitándonos al igualitario bañador.
A mi izquierda una familia habla en euskera, a la derecha los cuatro miembros de la unidad discuten en catalán. Los primeros cuando tropiezan o el niño amenaza caer al agua, se pasan al castellano. Los segundos no dejan la lengua ni ante al semi-ahogo de la más pequeña del grupo. Fidelidades variopintas. Mi familia es fiel al castellano.
Un poco más allá otra familia es claramente teutona y fiel a la lengua de Goethe. He cruzado alguna palabra con ellos en mi carpetovetónico(limitado) alemán.
A los habitantes de los territorios autonómicos antes conocidos como España, no nos distingue más que el ligero hoterismo de los vascos (me refiero a esta familia en concreto, que nadie diga que generalizo), especialmente llamativo por la fealdad de la madre, morena de pelo y nariz aguileña de RH muy negativo, y un horripilante bikini de tres piezas en un bonito color verde pistacho.
El caso es que los niños han decidido que, dado que el lenguaje no es una barrera (todos tienen menos de tres años y no saben hablar ningun idioma), el juego es una opción valida.
Aparte de los clasicos rifirrafes por esto es mio, esto es tuyo (juro que la niña catalana ha intentado robarle una manzana a mi hijo, será la deuda histórica), el resto ha sido normalidad democrática; canción de los lunis por aquí, tarareo de canción de los payasos de la tele por allá, y breves intercambios de sonrisas entre los padres, cerrados por un común, "hasta luego". En mi caso he tratado de que se pronunciara en el español más estandar posible, sin los acentos andaluz y madrileño que me correponden, y los catalanes y vascos han recurrido a acentos estandar similares. Es lo que tienen las lenguas de frontera como el castellano, que al final sirven para entenderse y nadie deja de ser lo que sea por utilizarla con los demás.
Así que aquí estamos, con unos alemanes alucinados de lo parecidos que somos los españoles y lo raro que es que nuestros hijos juegen con normalidad, mientras los representantes politicos de los mayores tratan de convencernos que somos totalmente distintos.
Cosas de la Constitución.