12 diciembre 2006

Copio aquí algo que un tal Heliodoro ha dejado en el Foro paralelo a este blog y en el que, en total libertad, muchos visitantes dicen lo que le viene en gana (en un tono realmente terrorifico a veces)

El caso es que, aunque irregular en su ritmo, este texto tiene algunas fases que me han puesto la piel de gallina. Uno que es Editor, pero sentimental:

MANIFIESTO ANÓNIMO DEL RESURGIR

¿DE DÓNDE ERES, SOLDADO?
Soy del centro de Castilla, soy de la capital de España, soy del centro de mi patria, soy del núcleo de la nación, soy del foro, soy del ágora, soy del alma de mi Estado, soy soldado y mi gobierno está donde nací yo. Mi tierra no tiene mar, tiene cientos. Tiene aire y tiene cielo, y en su aire y bajo su cielo se decide lo que se hace en los cuatro puntos cardinales. Yo no mando, soy soldado, y obedezco. Respondiendo miro altivo porque vengo de la urbe, del arcón que guarda para siempre la noble tradición. Soy soldado, y soy castizo, tanto que defiendo como un gato poseído mi blasón. Mi suelo es santo y mi Virgen mi valor. En río escaso bebo y lavo mi bandera. Queda limpia y la enseño dondequiera. Corazón emponzoñado no me asusta. Hermanos de provincias me sostienen. Si ellos vencen, venzo yo, y al momento la gesta se conoce en mi cuna. Asiste la luna al sudor del valiente. Mis cicatrices son rosas, míralas que no me ofendes. La tortura me menguó, casi me hizo desistir. Tan frágil les parecí que no me remataron. Y en mi carne sellaron su epitafio con fiero frenesí. Binomio de dolor, la compasión vino a por mí. Con letras de sangre escribo a la muerte, y el papel la muerte rompe, el papel la muerte olvida. De mil derrotas brota mi victoria, y no hay forma posible de acallarla. Brilla y resuena como campana en camposanto. Y mil almas proclaman que por fin están vengadas. El sol que me ilumina no me hiere, me alimenta. Me hace mestizo por ser capitalino. Con orgullo recibo mi paga y mi ración. A nadie debo nada que no pague con honor. Mi desprecio por el oro se contenta con la alegría de mi madre, libre de afrentas. Sus arrugas son los surcos de los campos castellanos. En aquellos secarrales se hicieron, en noches tristes, mis huesos de acero. No los troncha el enemigo, falso y ruin, que sólo tiene vileza encasquillada en el gatillo, fuego que consume su vana sinrazón. Lo que él mata vive en mi mente, y contra toda su estirpe se vuelve. La cultura de vanguardia está en mi frente, la antiespaña tiembla si pestañeo fuerte. Me llaman zoquete por la cruz de mi nuca, y no encuentran en ella la causa de su ocaso. Sesudos se preguntan por qué han perdido, si eran las cátedras sus idílicos nidos. Y la fe ajena les hiela las venas. No llega el nuevo orden porque aún lo llevo dentro. Ya veo descender de las montañas a los parias de mi bando. Tienen el esternón de plata, y en él grabados sus apellidos. Son tan jóvenes que parecen niños. Llevan tatuados grifos, con cabeza aguileña y cuerpo leonino. Ahora es buen momento, todos descansan. Despertemos de su sueño a las alimañas. Ibérico empuje empapado de historia, ya te creían borrado de mi memoria. Ya no es Flandes tu infierno, ya nada se te opone. Son tuyas las campiñas, tuyos los árboles, tuyos los montes. En el Cerro de los Ángeles pido perdón por las hazañas gloriosas de mi escuadrón. Cuerpos desbaratados de todos los santos, en esta hora insigne, valedme. No amo el sufrir, protegedme. Pocos pendones morados veo todavía. Pronto serán tantos que oscurecerán el día. Bendito idioma el mío que mi voz indigna usa. Cada tilde es un incendio, cada esdrújula un puñal. A quien te insulte esquiva, que su odio nada puede si tu fusil nada mendiga. Ni una bala contra sangre hermana, aunque tu hermano te escupa con saliva robada. Para asustarle basta el repique de un tambor. Y cada vez se oye más alto en cada torreón. Toda isla diminuta de mi pueblo vale más que los bancos llenos de Gibraltar. Para ellos el dinero, para mí la libertad. ¿Quién dice que mi himno no tiene letra? Yo la escucho sin cesar, cantada por las piedras. ¿Quién dice que ya no hay fronteras? Las cruzo y lloro con pesar y desconsuelo. Déjame niña tu blanco pañuelo. Ni nueva Esparta ni nueva Atenas, brazo recio y mente plena. No hay mejor escudo que las ideas. Sobre él que me lleven, no vivo y aclamado, sino muerto y a la iglesia. Héroe vivo no es héroe. Héroe muerto se convierte en Legión. ¿Qué de dónde soy? Soy del vientre de mi madre, que nació de las espigas. Mire al suelo, mi sargento, que este polvo del cuartel, es germen y dinamita, soy yo muerto y es mi alma que resucita. Nada temas España, que aquí está Castilla.